Y volver, volver, volver…

Definitivamente, lo más díficil de volver es saber por qué hacerlo ¿Por qué volver? La sabiduría popular insiste en enseñarnos que los retornos son empresas destinadas al fracaso y que pensarlo mucho no es lo correcto, por ello es que las frases “chivo que se devuelve, se esnuca" o "el que mucho piensa poco hace" están allí siempre conspirando entre nuestros miedos, invirtiendo en la cobardía y apostando a la derrota. Y es quizás por eso que no queremos conocer las aventuras de un fracasado, de un suicida o de un pesimista. Queremos estar siempre bañados de los éxitos ajenos, de los logros colectivos y de la riqueza no trabajada. Queremos parecer sin ser. Queremos opinar sin leer. Enseñar sin saber. Ser respetados sin participar. Volver sin irnos. Ganar sin arriesgar. Cosechar sin sembrar. Y es así como nos condenamos, premeditadamente y pareciese que a placer, a aparecer siempre como tumulto, gente, consumidores, nación, pueblo. Es una manía colectiva invasiva que nos lleva a ser  masa sin rostro, que no nos deja saber qué queremos y ver hacia donde debemos ir. Y así, vamos perdiendo  la individualidad para ser simples instrumentos de proyectos ajenos, unos actores secundarios de una historia protagonizada por pocos, en donde nuestro parlamento es relleno en la trama. No tenemos voz pero si voto. Un voto de papel sin argumento ni conciencia, apasionado como el amor temprano y culpable como la noche eterna.

Ya es hora de ir, de buscar y de encontrar lo que queremos. De asumir y ejecutar, de aprender y desaprender. De empezar a ser y hacer. De caer derrotado y levantarse, y luego volver, como vuelven los grandes, con las derrotas a cuestas, con los fracasos tatuados en el alma, con el aprendizaje incrustado en el espíritu y con las ganas renovadas por volver a intentarlo. Volver, volver, volver… siempre hay que volver.

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Perspectiva

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Panteonario

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Geometría de la infidelidad

Ahhh… entendí

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Nudos Narrativos

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La salida

Parecen las siete de la noche, pero apenas son las cinco y media. El bramido constante del aire acondicionado fue silenciado de repente por el funcionario del ahorro eléctrico que llegó a apagarlo. Esa es la señal que desde hace meses significa el fin de la jornada para muchos en la oficina.

Ahora todo se escucha. El teclear de las computadoras, las carcajadas, los chismes susurrados y los beep constantes de los BlackBerry. La sinfonía corporativa sigue sonando, pero ahora con orquesta de cámara. La mayoría se ha ido.

Entre la polifonía atonal de voces, sonidos y risas,  destacan dos timbres oscuros,  que expresan a gritos, a veces ahogados, una exaltación peculiar. Están programando una salida de hombres, de esas de naturaleza clandestina pero exclamada a viva voz. No reparan en lo que dicen, parecen que quisieran ser escuchados. Parece una rutina típica de “macho que se respete” sacada de cualquier programa humorístico.

-¡Epa, háblame!- Se escucha un estridente grito

-(casi en susurro) Dame un segundito…

-Tranca vale, mira que la vaina es este viernes, y tenemos que cuadrar chola porque el pana se casa la semana que viene- Exigiendo a viva voz mientras hace una seña con los dedos índice y medio simulando unas tijeras.

Volteado y tapando el auricular del teléfono con las dos manos -Ok, le dejo entonces porque tengo una reunión. Le llamo mañana en la tarde para confirmar lo hablado… Gracias, gracias, hasta luego-

Ya más aliviado contesta al mismo tono que el recién llegado -Coño pana estaba hablando con uno de los gerentes de radio base ¿Pa’ dónde es que vamos entonces, cuadraron?-

-Pa’ donde sea, cualquier bati-tubo es bueno

-Y este chamo ¿tiene permiso?

-No se, pero que se ponga pilas porque la loba de la novia ya cuadro su bochinche. Si el no viene, igual le damos, la mía ya está clara que ese día vamos a salir y no voy a arrugar ahora.

- Mira que eso son unos reales, hay que cuadrar bien y que todos cumplan ¿A cómo es el servicio ahí?

-Depende, la vaina es no brindarle tanto a las carajitas, porque ahí es donde se van los reales. Aquí en el piso 6 y que hay un estudio de masajistas, deberíamos averiguar, de repente no son ni caras.

-Bueno, hay que ver, mira que esas bichas se comen las utilidades rapidito. Con la jodedera uno se vuelve loco y se las quiere prensar a todas

-¿Y le vamos a regalar una a este pana?

- Vamos a ver, vamos a ver… de repente un bailecito, porque la tiradita ahí son unos reales

-¿Ahí dónde guevón?

Golpeando fuerte la mesa de su cubículo -Coño, en el piso 6. Tú como que no me estás parando bolas vale-

                                                     ***

 Repica un teléfono varias veces. Aturde. Llaman una y otra vez sin parar. De pronto, se escuchan pasos apresurados similares a un  galope. Un golpe seco  seguido de resoplidos similares a los de una locomotora anteceden a un sonoro -¡Aló!

-A, a,..Aló, hola mijo, pensé que no ibas a devolverme la llamada- Dice con voz profunda y entrecortada. Escucha atengo mientras trata de regular la respiración

-Si, son casi las seis, me quedé comprando las entradas del pre estreno que te conté- responde  todavía azorado por el trote.

- Ya compré, pero te acuerdas que te dije que eran para este sábado. ¡Pues no, me pelé chico! son para el sábado que viene. Y lo peor es que nos toca en la tercera fila- Hace una pausa para escuchar- Bueno, vemos que hacemos este fin, no te preocupes.

 Como por arte de magia, las pláticas lejanas que invadían a la oficina se aplacan. Parece que todos los que hablaban ahora escuchan la conversación ajena del hombre sin rostro, tratando de ubicar, siguiendo la conversación, dónde se sienta el sospecho y cariñoso personaje de oscura voz.

 -Si, ese Daniel Radcliffe está de un bueno- Decreta su afirmación en el ambiente insonoro- Si, Harry Potter, el mago, ya creció y ¡mira que creció!

 Seguido a esta sentencia, silencio, mucho silencio. A lo lejos apenas se escuchó una carcajada nerviosa que incomodó de inmediato al conversador misterioso del teléfono.

 -Mira, me voy, me voy. Aquí no hay nadie. Un besito. Chao

 Un sonido seco, el cierre de un maletín, una computadora apagándose, el tintineo de unas llaves. El sonido agudo del identificador de la puerta termina de confirmar la huida rápida del cariñoso personaje.

 Empiezan a hervir de nuevo los comentarios en la oficina, inentendibles entre las risas y los aplausos. Las conversaciones a gritos entre pasillos se mezclan, provocando carcajadas que poco a poco se oyen más fuertes.

 -¡Otro más que salió!- Gritó alguien entre el desafinado jolgorio de voces.

  -Los que todavía somos, pa’ el piso 6- respondió uno de los gritones.

 -¿Y los que no?- se escuchó una voz de hombre en  falsete exagerado y burlón

 - ¡Pa’l cine!

 

 

 

Posted 3 years ago

Lo tuyo es puro teatro

La noche es infiel, lo acabo de entender. Yo siempre creí que era su dueño, pero ella me mostró de manera descarnada y fría que no es así, nadie la posee en realidad. Puedo usarla, disfrutarla, abusar de ella, pero nunca quedármela. Porque no es de nadie.

Ella aparece tímida e inocente como una adolescente debutante en su primer día de bachillerato; se asoma de a poco, temerosa, dejando ver pequeños destellos de luz, unos guiños juguetones que titilan a lo lejos tratando de contrastar la  negritud que va esparciendo viralmente sobre el firmamento, que solo, sin la compañía del rey sol, libra una batalla inútil por conservar su vibrante colorido.

Termina vencido y cansado como todos, que siempre perdemos (o nos perdemos) ante ella.

 

Un típico lugar nocturno, como los de siempre, los que ya son parte de nuestro folklore urbano. Ni bohemio, ni chic, ni europeo, ni bogotano, un con todo, como los perros calientes caraqueños. Ecléctico y alternativo para algunos, afrancesado y glamoroso para otros, para mi más de lo mismo, o mejor dicho, un tiro al suelo, desde la visión comercial criolla, claro está.

 

De entrada, luego de negociar con el parquero emprendedor con tarifas de dólar paralelo encontramos al acostumbrado “kiluo” con cara de pocos amigos en la puerta, un personaje que siempre está escoltado por un séquito incomprensible (o incomprendido) que conversa, ríe y flirtea con él y entre si, buscando con ello quizás la aceptación incondicional del filtro subpagado del local. Esta es una de las cosas que no he entendido nunca. Ellos, son un grupo muy diverso que no distingue raza, sexo, religión u otra categorización social o comercial con las que se nos clasifica en las encuestas, que tratan de alcanzar una especie de novedoso y respetable título nobiliario, el de very important person, es decir, ser un sujeto a los que no aplica la reserva de admisión que reza el cartel común. Esto, visto desde el punto de vista rumbero, es un plus  para un individuo en cualquier movida nocturna respetable del mundo, así lo enseña  Mtv o E!, es decir, infiero que para ellos, los del grupo en cuestión,  es un indicativo de éxito en la vida. Yo dentro de mis suposiciones, sigo sin entender.

 

Lo veo, los veo, nos vemos. Me planto frente al seguridad con valentía. Me analiza con una ojeada atenta pero sin propósito, esquiva y desordenada, manteniendo siempre una cara antipática. Determino la mirada y la fijo con la suya, dicen que la confianza se expresa de esa manera. Pasado un segundo, me señala que espere a un lado –Aquí vamos de nuevo-

 

Llegó una celebridad local. Esas que hoy son y mañana no. No vino en “limo” como en el star sistem,  sino en un sedán decente, que seguro es de sus viejos. Parece un rockero, por lo menos su actitud aprendida así lo demuestra. Se deja ver, orgulloso de su fama efímera. Su sonrisa exagerada deja ver su desconocimiento por lo etéreo del momento. No hay paparazzis ni periodistas. Supongo que es conocido por el agite que provoca  en el séquito inexplicable y en algunos otros de la cola, que como yo, esperan. No lo reconozco, los que andan conmigo tampoco -Marico, estamos viejos- me susurran. Veo con sorpresa como el seguridad mal encarado que hace segundos me desplazó sin contemplaciones a un extremo de la fila, resulta ser un tipo amigable y bochinchero. Saluda, se ríe y palmotea. Lo deja pasar sin requisa. Yo mientras, espero como pendejo.  Para obviar el episodio pienso en que el parquero se pasó cobrándome veinte mil por parar en Farmatodo- ¡Ah! veinte mil no. Son veinte bolos- No me acostumbro a la denominación fortachona de nuestra débil moneda.

Entrar por primera vez al Teatro Bar, un local no tan de moda, no es una gran hazaña. Siento cierta vergüenza que más bien me haya tardado un poco siendo lunes. Ojo, pero no es un lunes cualquiera, es un pre- feriado. Mañana no se trabaja, es día de la raza, de la hispanidad,  de la resistencia indígena, o como se llame,  lo importante para mi, es que es libre. Es que sinceramente, feriado es el mejor apellido para un día de semana.

 

Hay stand up comedy. Se presentan algunas de las nuevas celebridades emergentes de la comedia local. Siento que estoy matando dos pájaros de un solo tiro, conozco un local al que nunca había podido ir y veo por primera vez  algunas rutinas de humor alternativo. Eso, sinceramente, me emocionaba. Tanto que obvié la acostumbrada e innecesaria agarrada de bolas de la revisión de la puerta, que por cierto no hace el forzudo de la entrada sino un pequeño y escuálido personaje que está detrás de él, refugiado en la penumbra.  Por fin, entro. Me encuentro con una terraza improvisada e intuyó que es un lounge, por los puffs y las mesas altas sin sillas. Allí encuentro a una vario-pinta fauna urbana conversando a gritos debido al exagerado volumen de la música. No hay sitio. Sigo, y veo un típico pasillo de centro comercial con piso de porcelanato en donde hay dispuestas algunas mesas y sillas. No hay sitio tampoco. Volteo confundido buscando respuesta en el grupo que me acompaña. Me indican que siga, la búsqueda apenas comienza.

 

Poca luz y mucho humo. Sigo explorando el lugar buscando donde poder ver el show. En el salón principal hay demasiada gente. Apenas se puede ver la tarima. –Media vuelta- Nadie me escuchó.  Torpemente, entre el hacinamiento en el que nos encontrábamos logro hacer señas con las manos para ir a otro sitio. Pasamos al salón de al lado, un chill out, creo. Ilógicamente hay más ruido y el tamaño de la barra es desproporcionado para el espacio. Ubico por fin un espacio donde pararnos - ¿Qué vamos a beber? ¿Ron?- Nadie escucha nada, ni el bartender. Diez largos minutos pasaron, entre miradas incomodas y secreteos.

-¿Nos vamos?-

 

Ya la noche no es mía, es de otro.

Posted 3 years ago
"¿Desde cuándo somos 1+1?"

— Incalculable y dolorosa adicción adición.

Posted 3 years ago