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A ver, a ver

La señorita sentada solo pensaba. Un humo blanco salía de la chimenea improvisada del negocio de pollos. Ella está allí estacionada hace más de una hora. El humo no hace figuras como las nubes. Que tristeza le da. Ni con eso se puede divertir un rato. Piensa que cada vez que espera, deja mil cosas que hacer. Tanto es el tiempo ya perdido en la vida durmiendo, montada en el metro, en el taxi, en el autobús, en el baño y en la cocina, en el banco, si en el banco. Dentro de tanto esperar, espera que valga la pena la espera.

El humo va formando unos hilitos que se disuelven a la más mínima corriente de aire. Han pasado no sé cuantos minutos, muchos segundos y pocas horas, pero ya la desesperación es insoportable.

Sigue pensando. Ya no sabe que hacer. Las palmas de las manos le sudan,   entre los surcos hay caminitos de tierra que timidamente se dejan ver. Se los trata de quitar pero es peor, se reproducen. Le provoca cierto asco. Empieza a recordar, dónde puso las manos para ensuciarlas tanto. Puede haber sido en cualquier sitio. Sus piernas empiezan a transpirar. El sudor corre por detrás de las rodillas. Ella se imagina un vaso lleno de agua, con hielo. Seguro que igual -piensa-

El humo del negocio ahora es turbio. Gris. Va de un lado a otro como indeciso.

La señorita ve hacia arriba, como pidiendo clemencia y empieza a contemplar las nubes. Ve a una con forma de cebolla, que inmediatamente se transforma en ancla. Voltea hacia el humo y lo ve, rebelde, sin ánimo alguno de entretenerla.

Ya el tiempo ha pasado, decide que es suficiente. Se limpia un poco las manos. Se levanta, ve por última vez al humo, ahora más leve, pero igual de monótono.

Se quita lo que lleva puesto, ve un umbral de una puerta y entra sin prótocolo. De inmediato todos voltean. Es el centro de atracción.

Las pechugas más ricas de la ciudad, los muslos más apetitosos - se escucha decir a un animador vulgar desde un micrófono- caliente y jugosa, la pollita más exquisita, está hoy aquí mostrándonos, que comer con las manos es lo mejor. Con ustedes la exuberante, deliciosa y voluptuosa ¡Candice!

Su pequeño hilo de plumas y los dos cascarones en sus grandes y brillantes tetas causan sensación. Ella sudada sube a un escenario improvisado y empieza a bailar.

La señorita piensa, es mejor ser el humo rebelde que a nadie llama la atención, que una nube que todos ven porque cambia sólo para entretener.

Pero total, sea como sea, la idea es estar arriba…

A ver, a ver