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Orden

Reducido a recuerdos, me doy cuenta que los fantasmas de mi vida ya no asustan. Han mutado. Ahora, son demonios que vagan libremente en mis pensamientos haciendo  daño. Es como ese temor leve que sentía al olvido, que ahora es aplastante.

¿Aplastante? Pero si nadie se ha olvidado de mí. Quizás yo sí me he olvidado de mí. No me reconozco, soy un extraño dentro de un extraño. Un forastero de mi vida, aislado, desmemoriado.

Todas las mañanas la rutina habitual me lleva, luego del aseo y el apuro, al espejo. Allí me veo, me miro a los ojos. Me desfiguro a lo que debo ser, según lo creo, convencido que eso es lo que creo. Me conozco, reconozco,  pero no me creo. Peino mi cabello, pero no me arreglo. No me dejo ser, me obligo a no ser. Ya ni recuerdo quien era. Sólo tengo una vaga silueta de lo que quise ser, y no estoy seguro si era así. Que difícil es arreglarse.

Busco a mí alrededor y no veo a nadie. Nadie que me arregle. Están muchos, todos,  vociferando lo mal que estoy. Lo mal que me ven. Pero no me miran. No siento la inquisición de sus miradas, no hay ojos. Sólo lenguas que saltan, sincopadas, con un desorden que parece planificado, gritando claramente lo que mis oídos no quieren escuchar.

Me golpeo. Lo hago con todas mis fuerzas, pero el dolor externo no mitiga el interno. Me siento mejor sabiendo, que no soy bueno golpeando. Así me duele menos, me distraigo pensando en eso.  Sólo padezco de un desorden. Soy enemigo del orden. Ya encontré algo que puedo usar. No me gusta el orden. Lo siento falso, porque estoy convencido que hemos creado el orden para solapar el constante desorden en el que vivimos. No quiero soluciones económicas. El orden es simplista.

Mientras me empeño en desaprender, ordeno mis ideas. Tengo que ordenar. No se puede vivir sin ordenar. ¿Y si lo intento? Voy poco a poco desordenando mis ideas, cuidando de no parecer incoherente. Gracias a esto, olvido a los demonios, pero sigo divagando y obviando.

Obviando mis talentos, realmente reflexionando si  existen, si estuvieron allí. Hablo de ellos como si fueran personas, los humanizo porque quizás así sé si murieron, si debo llorar amargamente por ellos o simplemente buscarlos entre los escombros de lo que alguna vez fui.

Veo claramente lo que estos demonios me hacen, me convencen de no ser. Negado a todo, retándome y aniquilando mis ganas. Cuando logro levantarme, me golpean con el olvido, ese sentimiento que me lleva a  ignorarme a mi mismo. Pero sólo veo. No actúo, no soy capaz de por lo menos librar una lucha, así la pierda.

Esa es su fortaleza, que no logro descifrar.

Pero están adentro, comiendo lentamente, cada mordisco es más doloroso, hace más daño. Me cuesta caminar, levantarme, dejar de llorar. Pero tengo que adaptarme al mundo real, tomar el color de la vida plena, del éxito boyante, que mi personalidad única embriague a los demás y vean con buenos ojos esos que yo no veo, al que si lo logró. Debo mentir.

Soy algo así como una especie de herrero medieval, que trabaja a fuego y sudor su armadura, una coraza desordenada,  a veces semejante a parches mal hechos, concebidos para soportar ataques y  tapar heridas.

Pero mi enemigo, que si lleva un orden casi militar, esta librando su guerra desde mi interior. Me confundió, me despersonalizo y ataca con libertad a cada instante lo poco que queda de mi. Ya la armadura se ve oxidada, inservible. Ahora parece tapar el vacío. Mi desordenado vacío. Realmente debo ordenar algo. Pero no creo en el orden. No sigo órdenes. Quizás es esa mi debilidad, esa vulnerabilidad que los demonios no perdonan.

Que se aprovechen sin contemplaciones entonces.