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Lo tuyo es puro teatro

La noche es infiel, lo acabo de entender. Yo siempre creí que era su dueño, pero ella me mostró de manera descarnada y fría que no es así, nadie la posee en realidad. Puedo usarla, disfrutarla, abusar de ella, pero nunca quedármela. Porque no es de nadie.

Ella aparece tímida e inocente como una adolescente debutante en su primer día de bachillerato; se asoma de a poco, temerosa, dejando ver pequeños destellos de luz, unos guiños juguetones que titilan a lo lejos tratando de contrastar la  negritud que va esparciendo viralmente sobre el firmamento, que solo, sin la compañía del rey sol, libra una batalla inútil por conservar su vibrante colorido.

Termina vencido y cansado como todos, que siempre perdemos (o nos perdemos) ante ella.

 

Un típico lugar nocturno, como los de siempre, los que ya son parte de nuestro folklore urbano. Ni bohemio, ni chic, ni europeo, ni bogotano, un con todo, como los perros calientes caraqueños. Ecléctico y alternativo para algunos, afrancesado y glamoroso para otros, para mi más de lo mismo, o mejor dicho, un tiro al suelo, desde la visión comercial criolla, claro está.

 

De entrada, luego de negociar con el parquero emprendedor con tarifas de dólar paralelo encontramos al acostumbrado “kiluo” con cara de pocos amigos en la puerta, un personaje que siempre está escoltado por un séquito incomprensible (o incomprendido) que conversa, ríe y flirtea con él y entre si, buscando con ello quizás la aceptación incondicional del filtro subpagado del local. Esta es una de las cosas que no he entendido nunca. Ellos, son un grupo muy diverso que no distingue raza, sexo, religión u otra categorización social o comercial con las que se nos clasifica en las encuestas, que tratan de alcanzar una especie de novedoso y respetable título nobiliario, el de very important person, es decir, ser un sujeto a los que no aplica la reserva de admisión que reza el cartel común. Esto, visto desde el punto de vista rumbero, es un plus  para un individuo en cualquier movida nocturna respetable del mundo, así lo enseña  Mtv o E!, es decir, infiero que para ellos, los del grupo en cuestión,  es un indicativo de éxito en la vida. Yo dentro de mis suposiciones, sigo sin entender.

 

Lo veo, los veo, nos vemos. Me planto frente al seguridad con valentía. Me analiza con una ojeada atenta pero sin propósito, esquiva y desordenada, manteniendo siempre una cara antipática. Determino la mirada y la fijo con la suya, dicen que la confianza se expresa de esa manera. Pasado un segundo, me señala que espere a un lado –Aquí vamos de nuevo-

 

Llegó una celebridad local. Esas que hoy son y mañana no. No vino en “limo” como en el star sistem,  sino en un sedán decente, que seguro es de sus viejos. Parece un rockero, por lo menos su actitud aprendida así lo demuestra. Se deja ver, orgulloso de su fama efímera. Su sonrisa exagerada deja ver su desconocimiento por lo etéreo del momento. No hay paparazzis ni periodistas. Supongo que es conocido por el agite que provoca  en el séquito inexplicable y en algunos otros de la cola, que como yo, esperan. No lo reconozco, los que andan conmigo tampoco -Marico, estamos viejos- me susurran. Veo con sorpresa como el seguridad mal encarado que hace segundos me desplazó sin contemplaciones a un extremo de la fila, resulta ser un tipo amigable y bochinchero. Saluda, se ríe y palmotea. Lo deja pasar sin requisa. Yo mientras, espero como pendejo.  Para obviar el episodio pienso en que el parquero se pasó cobrándome veinte mil por parar en Farmatodo- ¡Ah! veinte mil no. Son veinte bolos- No me acostumbro a la denominación fortachona de nuestra débil moneda.

Entrar por primera vez al Teatro Bar, un local no tan de moda, no es una gran hazaña. Siento cierta vergüenza que más bien me haya tardado un poco siendo lunes. Ojo, pero no es un lunes cualquiera, es un pre- feriado. Mañana no se trabaja, es día de la raza, de la hispanidad,  de la resistencia indígena, o como se llame,  lo importante para mi, es que es libre. Es que sinceramente, feriado es el mejor apellido para un día de semana.

 

Hay stand up comedy. Se presentan algunas de las nuevas celebridades emergentes de la comedia local. Siento que estoy matando dos pájaros de un solo tiro, conozco un local al que nunca había podido ir y veo por primera vez  algunas rutinas de humor alternativo. Eso, sinceramente, me emocionaba. Tanto que obvié la acostumbrada e innecesaria agarrada de bolas de la revisión de la puerta, que por cierto no hace el forzudo de la entrada sino un pequeño y escuálido personaje que está detrás de él, refugiado en la penumbra.  Por fin, entro. Me encuentro con una terraza improvisada e intuyó que es un lounge, por los puffs y las mesas altas sin sillas. Allí encuentro a una vario-pinta fauna urbana conversando a gritos debido al exagerado volumen de la música. No hay sitio. Sigo, y veo un típico pasillo de centro comercial con piso de porcelanato en donde hay dispuestas algunas mesas y sillas. No hay sitio tampoco. Volteo confundido buscando respuesta en el grupo que me acompaña. Me indican que siga, la búsqueda apenas comienza.

 

Poca luz y mucho humo. Sigo explorando el lugar buscando donde poder ver el show. En el salón principal hay demasiada gente. Apenas se puede ver la tarima. –Media vuelta- Nadie me escuchó.  Torpemente, entre el hacinamiento en el que nos encontrábamos logro hacer señas con las manos para ir a otro sitio. Pasamos al salón de al lado, un chill out, creo. Ilógicamente hay más ruido y el tamaño de la barra es desproporcionado para el espacio. Ubico por fin un espacio donde pararnos - ¿Qué vamos a beber? ¿Ron?- Nadie escucha nada, ni el bartender. Diez largos minutos pasaron, entre miradas incomodas y secreteos.

-¿Nos vamos?-

 

Ya la noche no es mía, es de otro.