Definitivamente, lo más díficil de volver es saber por qué hacerlo ¿Por qué volver? La sabiduría popular insiste en enseñarnos que los retornos son empresas destinadas al fracaso y que pensarlo mucho no es lo correcto, por ello es que las frases “chivo que se devuelve, se esnuca” o “el que mucho piensa poco hace” están allí siempre conspirando entre nuestros miedos, invirtiendo en la cobardía y apostando a la derrota. Y es quizás por eso que no queremos conocer las aventuras de un fracasado, de un suicida o de un pesimista. Queremos estar siempre bañados de los éxitos ajenos, de los logros colectivos y de la riqueza no trabajada. Queremos parecer sin ser. Queremos opinar sin leer. Enseñar sin saber. Ser respetados sin participar. Volver sin irnos. Ganar sin arriesgar. Cosechar sin sembrar. Y es así como nos condenamos, premeditadamente y pareciese que a placer, a aparecer siempre como tumulto, gente, consumidores, nación, pueblo. Es una manía colectiva invasiva que nos lleva a ser masa sin rostro, que no nos deja saber qué queremos y ver hacia donde debemos ir. Y así, vamos perdiendo la individualidad para ser simples instrumentos de proyectos ajenos, unos actores secundarios de una historia protagonizada por pocos, en donde nuestro parlamento es relleno en la trama. No tenemos voz pero si voto. Un voto de papel sin argumento ni conciencia, apasionado como el amor temprano y culpable como la noche eterna.
Ya es hora de ir, de buscar y de encontrar lo que queremos. De asumir y ejecutar, de aprender y desaprender. De empezar a ser y hacer. De caer derrotado y levantarse, y luego volver, como vuelven los grandes, con las derrotas a cuestas, con los fracasos tatuados en el alma, con el aprendizaje incrustado en el espíritu y con las ganas renovadas por volver a intentarlo. Volver, volver, volver… siempre hay que volver.